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Prision Art: moda desde la cárcel

Jorge Cueto-Felgueroso es un hombre que fue acusado de fraude, junto con otros trabajadores de la empresa Argent. Todos se ampararon menos Jorge: cuando dio inicio el proceso legal, él tenía más de medio año de no laborar ahí y no tenía conocimiento de qué estaba pasando. Ante los ojos de la justicia él era culpable y una dura realidad que nunca imaginó lo esperaba al interior del penal de Puente Grande, en Jalisco. 

En este contexto Jorge empezó a hacerse de amigos, como hay que hacer en la cárcel cuando se quiere sobrevivir y mantener la integridad. Vio de cerca el proceso de “piteado”, que es bordar prendas con pita, un hilo que se extrae de las fibras del maguey. Sus ojos también vieron pitear prendas con hilos de plata y de oro, regalos destinados a “los de arriba”. Y en este lugar donde el trabajo artesanal es una manera de ganar dinero, es que conoció el proceso de tatuar y tuvo una idea que cambiaría su vida y la de muchos otros de forma decisiva. 

El ingenio mexicano se expresa en todo y el tatuaje al interior de la cárcel no es la excepción. Al no contar con máquinas de tatuar profesionales, los reclusos se las ingenian con sus propios recursos. ¿Qué se necesita para hacer una máquina de tatuar? Ellos usan una aguja para coser, el tubo de una pluma Bic, un resorte de encendedor, un motor de DVD y un cargador de celular que se transforma en regulador para reducir el impacto de la corriente eléctrica. 

A Jorge se le prendió el foco. ¿Y si en lugar de pieles humanas tatuara accesorios y prendas? Pidió que le cortaran un patrón de piel de una bolsa y le asignó a un tatuador la chamba de plasmarle un diseño. El trabajo lo dejó sorprendido. Al enterarse, los tatuadores del penal comenzaron a acercársele y a ofrecerle su trabajo. En poco tiempo, Jorge ya tenía un microtaller de trabajo que tatuaba piel para bolsas que se armaban dentro y fuera del reclusorio. 

11 meses después de estar recluido y de ser revisado su caso, se determinó su inocencia. Sí, él ya era libre y tenía ingresos para vivir, pero no los chavos que tenía “contratados” al interior del penal. Ellos contaban con su ayuda y no podía dejarlos a su suerte. Con un inventario de unas 200 bolsas Jorge se lanzó a la aventura de poner una boutique en San Miguel de Allende. Los diseños de calaveras eran los más pedidos. Él, ya desde fuera, continuaba pagándole a los chavos para que contaran con ingresos además de sumar beneficios para obtener su liberación anticipada. 

Hoy Prison Art.es una fundación que se sustenta sola y no busca apoyos gubernamentales ni de terceros para funcionar. Con cada producto Prision Art, que es de diseño único, se entrega una especie de medallón, mismo que tiene un significado especial.

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